En el aeropuerto londinense de Heatchrow, William Laber comprobó la hora y el número de su vuelo con dirección a París. Laber, hombre de sesenta y tantos años, alto, de aspecto mundano y sonrisa afable, se despidió de su hija. Con su hija, una deliciosa rubia de sugestiva anatomía, estaba Vincent, su habitual acompañante. —Sólo estaré fuera un par de días. Cuídate… Bueno, mejor decir, cuídela usted, Vincent. Son casi prometidos… —Es ella quien tiene que decirlo, señor Laber —sonrió Vincent, muchacho alto, bien cultivado físicamente y con un aspecto cien por cien deportivo. —Bueno. No puedo entretenerme más. Adiós, hija… Hasta pasado mañana… Vincent.
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En el aeropuerto londinense de Heatchrow, William Laber comprobó la hora y el número de su vuelo con dirección a París. Laber, hombre de sesenta y tantos años, alto, de aspecto mundano y sonrisa afable, se despidió de su hija. Con su hija, una deliciosa rubia de sugestiva anatomía, estaba Vincent, su habitual acompañante. —Sólo estaré fuera un par de días. Cuídate… Bueno, mejor decir, cuídela usted, Vincent. Son casi prometidos… —Es ella quien tiene que decirlo, señor Laber —sonrió Vincent, muchacho alto, bien cultivado físicamente y con un aspecto cien por cien deportivo. —Bueno. No puedo entretenerme más. Adiós, hija… Hasta pasado mañana… Vincent.