Los potros, siguiendo a sus madres, acosadas, levantaban una polvareda enorme. Y los jinetes que les acosaban se cubrían los rostros con pañuelos, que protegían sus bocas y narices. De vez en cuando se bajaban el pañuelo para respirar ampliamente, aunque con el peligro de inspirar grandes cantidades de polvo, que les hacía toser. A unas doscientas yardas dos jinetes contemplaban el acoso. Eran madre e hija y propietarias de la hacienda, como en esa parte de la Unión se seguía llamando a los ranchos. Propiedad bastante extensa que les permitía dedicar unos millares de acres a la cría de caballos y otra parte, mucho mayor, al ganado bovino.
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Los potros, siguiendo a sus madres, acosadas, levantaban una polvareda enorme. Y los jinetes que les acosaban se cubrían los rostros con pañuelos, que protegían sus bocas y narices. De vez en cuando se bajaban el pañuelo para respirar ampliamente, aunque con el peligro de inspirar grandes cantidades de polvo, que les hacía toser. A unas doscientas yardas dos jinetes contemplaban el acoso. Eran madre e hija y propietarias de la hacienda, como en esa parte de la Unión se seguía llamando a los ranchos. Propiedad bastante extensa que les permitía dedicar unos millares de acres a la cría de caballos y otra parte, mucho mayor, al ganado bovino.